OPINATIO
 

 
 

Hacia una comprensión científica de la conciencia
-José Biedma-


 

 
 
 
A continuación, José Biedma (Ver su página personal), filósofo, docente y escritor, reflexiona sobre la naturaleza del pensamiento y la mente, a partir de la lectura del libro Las sombras de la mente, de Roger Penrose, Crítica, Barcelona, 1996.

 


Ordenadores

 e inteligencias humanas

Los ordenadores no tienen derechos ni obligaciones, y nosotros sí. Los ordenadores no saben que saben, y nosotros sí, aunque no siempre, desde luego. Los seres humanos, como los ordenadores, pueden simular comprensión cuando no la hay. Pero los ordenadores carecen por completo de libertad, responsabilidad y consciencia, nosotros actuamos como si estuviésemos hechos para ser causas suficientes de nuestras acciones. Los ordenadores son magníficos y sirven como poderosas computadoras, pero no sienten ni comprenden, esto quiere decir que la palabra "inteligencia" no significa lo mismo cuando hablamos de inteligencia artificial que cuando hablamos de inteligencia humana, de sujetos humanos conscientes. ¿Por qué no?

Roger Penrose (titular de una cátedra de matemáticas en Oxford) responde a esta pregunta: nuestros cerebros y nuestras mentes son algo más que una computadora. Comprender no es computar. A causa de la no computabilidad del pensamiento consciente, necesitamos de una nueva física para comprender la mente. En Las sombras de la mente, Penrose aborda la cuestión de la consciencia desde un punto de vista científico, pero defendiendo con fuerza que en nuestra imagen científica actual falta un ingrediente esencial. Un ingrediente sobre el que ofrece algunas pistas prometedoras.

Los circuitos electrónicos son ya un millón de veces más rápidos que el disparo de la neuronas en el cerebro y tienen una exactitud cronométrica y una precisión de acción que de ningún modo comparten las neuronas. Los ordenadores tienen o tendrán mayor potencia de computación que la mente humana. Sin embargo:

La acción física apropiada del cerebro provoca conocimiento, pero esta acción física nunca puede ser simulada adecuadamente de forma computacional

Esta tesis de Penrose es compatible con el rechazo del misticismo, ya que el misticismo niega la pertinencia de criterios científicos para la búsqueda del conocimiento, mientras que Penrose cree que dentro de una ciencia y unas matemáticas ampliadas se encontrará finalmente la complejidad suficiente para acomodar el misterioso enigma de la mente.

Hoy por hoy, no existen leyes físicas conocidas para explicar lo que distingue el cerebro humano del "cerebro" de las máquinas: la acción no computacional, o sea, la consciencia, la intuición y la libertad son un misterio.

Computación y comprensión

Penrose entiende por computación la acción de una máquina de Turing (un ordenador matemáticamente idealizado), es decir, un conjunto de operaciones lógicas bien definidas, cuyo modelo de descripción es el de un algoritmo. Esta noción de algoritmo incluiría tanto procedimientos de-arriba-abajo como sistemas de aprendizaje de-abajo-arriba. En la aplicación de algoritmos, particularmente en los procesos de cálculo "de-arriba-abajo" (calculo axiomático-deductivo o aplicación de reglas), los ordenadores han demostrado, en efecto, una clara superioridad sobre los seres humanos. Los algoritmos matemáticos son precisamente las cosas que pueden ser llevadas a cabo eficazmente por una computadora. Los sistemas llamados "caóticos" no representan una excepción: todos los sistemas normales que se conocen como "caóticos" deben incluirse dentro de lo que Penrose llama "sistemas computacionales". No hay nada que cuente como "no-computacional" en la aleatoridad, o en las influencias del entorno, o en la complicación absolutamente intratable, pero puede demostrarse que ciertos tipos de actividad matemáticamente exacta están más allá de la computación, por lo que sería posible construir un "modelo de juguete" de un universo físico cuya acción, aunque completamente determinista, estuviera realmente más allá de la simulación computacional.

Turing demostró que existen ciertas clases de problemas que no tienen ninguna solución algorítmica, y Yuri Matiyasevich probó que no puede haber un programa de ordenador (algoritmo) que decida sistemáticamente de forma sí/no la cuestión de si un sistema de ecuaciones diofánticas tiene solución. Existen, en fin, modelos de universo completamente deterministas (y Penrose muestra algunos de ellos), con reglas precisas de evolución, que son imposibles de simular computacionalmente. Existe realmente un aspecto de la "comprensión auténtica" que no puede simularse adecuadamente por ningún medio computacional. En consecuencia, debe haber una diferencia entre inteligencia auténtica y cualquier intento de simulación computacional de la misma.

La verdadera inteligencia, tal y como Penrose la entiende, requiere comprensión y la comprensión requiere conocimiento. El conocimiento presenta un aspecto pasivo (consciencia), pero también un aspecto activo, a saber, el sentimiento del libre albedrío. Conocimiento y libertad son como las caras de una moneda. Citando al filósofo John Searle (argumento de la "Habitación China"), Penrose niega que una comprensión real pueda ser alcanzada mediante ninguna simulación por ordenador, "ni siquiera es posible una adecuada simulación por ordenador de las manifestaciones externas de la comprensión".

La diferencia entre un ordenador y la mente humana no puede explicarse simplemente como una cuestión de complejidad. Si es la extrema complicación de la red neural la que se considera como prerrequisito esencial para la consciencia, entonces hay que preguntarse por qué la consciencia parece estar totalmente ausente en las acciones del cerebelo, críticamente involucrado en la perfección del control motor. Los principales fracasos de la inteligencia artificial no se han dado en áreas donde el poder de ciertos intelectos humanos es extraordinariamente sorprendente y puede dejar mudos a los no especialistas, sino en las actividades de "sentido común" (en la determinación de la mejor y más eficaz acción según propósitos finales), donde cualquiera de nosotros acierta mientras el cerebro electrónico falla.

La imaginación finalista parece ganar también en capacidad de computación mediante el descarte 'a priori' de alternativas "absurdas". La propia y especializada comprensión matemática -o lógica- no puede reducirse a computación. La comprensión que subyace en las reglas computacionales es algo que en sí mismo está más allá de la computación.

Incompleción de Gödel y comprensión matemática

John Lucas, filósofo de Oxford, aplicó el teorema más importante de la lógica matemática de todos los tiempos, el teorema de Gödel, precisamente para concluir que las facultades mentales deben estar realmente más allá de lo que puede lograrse computacionalmente. En la misma línea, Penrose usa el argumento de Gödel para demostrar que la comprensión humana no puede ser una actividad algorítmica. Nuestra imaginación visual logra "cosas" no computacionales, lo que nos anima a buscar sus fundamentos, los de la comprensión matemática, fuera del marco de la física existente. El argumento de Gödel no es un argumento a favor de que haya verdades matemáticas inaccesibles. Lo que afirma es que las intuiciones humanas están más allá del argumento formal y más allá de los procedimientos computables. Entre lo que Gödel estableció sin discusión estaba que ningún sistema formal válido de reglas de demostración matemática puede ser suficiente, ni siquiera en principio, para establecer todas las proposiciones verdaderas de la aritmética ordinaria. He aquí la reformulación penrosiana del teorema de 1930:

Los matemáticos humanos no están utilizando un algoritmo cognosciblemente válido para asegurar la verdad matemática.

o bien,

Ningún matemático concreto asegura la verdad matemática solamente por medio de un algoritmo que él sabe que es correcto.

Gödel probaba que el sueño de los formalistas era inalcanzable. No puede haber ningún sistema formal F que sea a la vez completo y consistente si F es suficientemente potente para contener la formulación de los enunciados de la aritmética ordinaria junto con la lógica estándar. Más filosóficamente, el argumento de Gödel demuestra que cualquiera que sea el punto de vista adoptado, dicho punto de vista no puede ser (saberse) encerrado en las reglas de cualquier sistema formal concebible. Por eso, el teorema de Gödel supuso también un paso capital en la filosofía de la mente, pues demostró que la intuición y la comprensión humanas no pueden reducirse a ningún conjunto de reglas computacionales. Ningún sistema de reglas podrá ser nunca suficiente para demostrar siquiera aquellas proposiciones de la aritmética cuya verdad es accesible, en principio, a la intuición común, de modo que la intuición humana no puede reducirse a ningún conjunto de reglas. Esto sirve de base a Penrose para concluir que debe haber más en el pensamiento humano (físicamente) de lo que puede alcanzar nunca un ordenador, al menos en el sentido de lo que entendemos hoy por "ordenador".

Aunque esto no lo diga Penrose, esta interpretación ofrece un valioso apoyo al perspectivismo orteguiano y es coherente con la interpretación de Putnam de que cualquier elección de esquema conceptual presupone valores. Ningún esquema conceptual es una mera "copia" del mundo. El contenido de la misma noción de verdad depende de los criterios de aceptabilidad racional, y éstos, a su vez, presuponen valores (propósitos), sobre los que descansan- "La teoría de la verdad presupone la teoría de la racionalidad, que a su vez presupone nuestra teoría de lo bueno" (Razón, verdad e historia, 9).

El mismo Gödel parece haber considerado como evidente que el cerebro físico propiamente dicho debe comportarse computacionalmente, pero que la mente es algo que transciende el cerebro, de modo que la acción de la mente no está limitada a comportarse de acuerdo con las leyes computacionales que él creía que deben controlar el comportamiento de los cerebros físicos. Aunque aceptaba las dos afirmaciones implícitas de Turing de que "el cerebro funciona básicamente como un ordenador digital" y que "las leyes físicas, en sus consecuencias observables, tienen un límite de precisión finito", Gödel rechazaba la otra afirmación de Turing de que "no hay mente separada de la materia", calificándola como "un prejuicio de nuestro tiempo" (Hao Wang, From mathematics to philosophy, Londres, 1974; y Gödel, Collected Works, vol. II, Oxford, 1990, p. 297).

Gödel se dejó llevar hacia una posición "mística", según la cual la mente no puede explicarse de ninguna manera en términos fisicalistas. Turing parece haber rechazado semejante posición "mística". Creía (como Gödel) que el cerebro físico actúa de una manera computacional y que no era necesario aceptar una entidad no física para explicar la intuición matemática. Daba una gran importancia al hecho de que los matemáticos humanos son capaces de cometer errores, y argumentaba que para que un ordenador sea capaz de ser genuinamente inteligente habría que permitirle cometer errores...

«En otras palabras, si se espera que una máquina sea infalible, no puede ser también inteligente. Existen varios teoremas que dicen casi exactamente esto. Pero estos teoremas no dicen nada sobre cuánta inteligencia puede ser mostrada si una máquina no pretende ser infalible» (Turing, Conferencia ante la London Mathematical Society, 1947).

Penrose cree que entre los teoremas a que Turing alude en este texto está sin duda el de Gödel. Así pues, es la imprecisión del pensamiento humano lo que le proporciona una potencia mayor que la que sería alcanzable mediante un procedimiento algorítmico completamente válido. Penrose combate la idea de que la comprensión matemática dependa de un algoritmo no válido o incognoscible, o posiblemente válido y cognoscible pero no cognosciblemente válido, y argumenta a favor de que la propia acción física, en su raíz, resulta ser algunas veces no computable.

No todo pensamiento es computación (precisa o imprecisa) -como parece creer Turing- y parece difícil mantener que la mentalidad pueda estar completamente separada de la fisicalidad (Gödel). Uno debe sondear los puntos débiles en las propias leyes para encontrar lugar para la no computabilidad que está presente en la actividad mental humana.

Si la mente fuese un simple epifenómeno, un subproducto del cuerpo pero que no puede reaccionar sobre él, su papel sería impotente y frustrado. No habría lugar para la libertad. Pero si la mente es capaz de influir en el cuerpo más allá de las limitaciones de las leyes de la física, entonces las leyes dejarían de ser precisas, dejarían de ser leyes. Resulta insostenible el dualismo de que mente y cuerpo sigan leyes totalmente independientes. La propia naturaleza concreta de la libertad debe ser un ingrediente importante de esas mismas leyes físicas. Sea lo que sea lo que controla o describe la mente, debe ser realmente una parte integral del mismo gran esquema que gobierna también todos los atributos materiales de nuestro universo. Por esto, debemos tratar de encontrar una oportunidad para una acción no computacional oculta de la que pueda estar aprovechándose de alguna forma el funcionamiento de nuestros cerebros.

Física cuántica y realidad

Buscando una explicación de esta capacidad comprensiva y no computacional de la mente humana, Penrose se aventura por el laberinto del mundo cuántico. En el extraño mundo de las partículas elementales resulta particularmente curioso que pueda haber efectos físicos reales que aparecen a partir de lo que los filósofos llaman supuestos contrafácticos, es decir, cosas que podrían haber sucedido aunque de hecho no sucedieron. Por otra parte, la hipótesis de ausencia de "influencia" a larga distancia se viola realmente en la teoría cuántica (fenómeno de enmarañamiento).

Los dos ingredientes más fundamentales de la moderna teoría cuántica se remontan hasta el siglo XVI y hasta el genio de una misma persona, Gerolamo Cardano. El primero de estos ingredientes es la teoría de probabilidades, pues la teoría cuántica es una teoría probabilística más que determinista. Sus propias reglas dependen fundamentalmente de las leyes de la probabilidad, y fue precisamente Cardano quien en 1524 escribió El Libro de los Juegos de Azar, sentando las bases de la teoría matemática de probabilidades. El otro ingrediente fundamental de la teoría cuántica descubierto por Cardano fue el concepto de número complejo (un número de la forma a + ib, donde "i" representa la raíz cuadrada de menos uno, y donde a y b son números reales comunes). Nadie antes de Cardano había percibido el misterioso mundo de los números complejos y cómo podía estar subyacente en la realidad, y hasta la llegada de la teoría cuántica no se manifestó el extraño y omnipresente papel de estos números en los cimientos del mundo físico real en que vivimos, así como su profunda conexión con las probabilidades. Dicha conexión constituye la base del universo material en sus escalas más pequeñas...

En un ínfimo nivel, subyacente en los fenómenos, impera en efecto la ley de los números complejos que Cardano utilizó para la investigación de la solución general de la ecuación cúbica, mientras que es en el puente entre este ínfimo nivel y el nivel familiar de nuestras percepciones habituales donde las probabilidades tienen su lugar. Pese a la opinión común, no es la teoría de probabilidades de Cardano la que opera en el nivel cuántico (nivel que entra en juego cuando estamos interesados en diferencias muy minúsculas de energía), sino que es la teoría de los números complejos la que subyace en una descripción matemáticamente precisa del nivel cuántico. Así, un electrón está en un estado de superposición de dos lugares al mismo tiempo, con factores de peso complejos. No podemos imaginar qué "significa" esto, pero tales superposiciones constituyen una parte importante de la construcción real de nuestro micromundo, tal y como ahora nos lo revela la Naturaleza. Se da el hecho de que el mundo en el nivel cuántico se comporta realmente de este modo tan poco familiar, de un modo tan misterioso que, en teoría cuántica, tenemos que tratar de creer que un fotón está haciendo realmente dos cosas a la vez, en dos lugares distintos (coexistencia de alternativas, ponderadas por números complejos). Y parece que a un objeto de nivel cuántico se le permite girar al mismo tiempo alrededor de todo tipo de ejes que apuntan en muchas direcciones diferentes (cuanto mayor es la magnitud del espín, más direcciones tienen que incluirse). No obstante, las descripciones y explicaciones físicas son perfectamente claras y nos ofrecen un micromundo que evoluciona de acuerdo con una descripción que es matemáticamente precisa y, además, completamente determinista.

En el nivel cuántico, las superposiciones persisten bajo la acción continua de la evolución descrita por la ecuación de Schrödinger, que proporciona la tasa de cambio, con respecto al tiempo, del estado cuántico o función de onda. Dicho estado cuántico expresa la suma global ponderada, con factores de peso complejos, de todas las posibles alternativas abiertas al sistema. Sin embargo, en cuanto los efectos son amplificados hasta el nivel de la física clásica (o de la percepción fenoménica, como diría el filósofo), donde los percibimos como sucesos "reales", ya no encontramos que las cosas estén en estas extrañas combinaciones con factores de peso complejos. El estado cuántico parece "saltar" misteriosamente desde un estado que implica la superposición cuántica a otro en el que solamente está implicado un evento efectivo. A este "salto" se le llama técnicamente reducción del vector de estado o colapso de la función de onda. El hecho de que en nuestras descripciones matemáticas tengamos que prescindir de vez en cuando de la evolución unitaria tasada por Schrödinger, y acudir al procedimiento de la reducción del vector de estado es, según Penrose, el misterio básico de la teoría cuántica. Nuestro universo real no parece un espacio complejo que como el "espacio de Hilbert" pueda tener a veces un número infinito de dimensiones o en el que, según las reglas de la teoría, tengamos que considerar todos las cosas (o fotones) del universo para exponer el estado de una pelota de fútbol (de un solo fotón). El enmarañamiento cuántico (contrastable experimentalmente, medible con precisión matemática y geométricamente organizado) es algo misterioso porque no disminuye con la distancia y parece insensible al orden temporal. La no-localidad del universo cuántico choca al sentido común. Einstein encontraba profundamente perturbadora la perspectiva de tal efecto, calificándola de "fantasmal acción a distancia". No hay descripción ni imaginación capaz de representarse en términos de entidades (que puedan separarse unas de otras) las expectativas del sofisticado formalismo mecánico cuántico. Y lo que es peor, no hay una explicación real basada en la teoría estándar de por qué, en la práctica, pueden ignorarse los enmarañamientos o reducirse a probabilidades. Penrose cree que de la solución al problema del dualismo leyes clásicas/leyes cuánticas depende esencialmente una mejor comprensión científica de la consciencia. Una de las cuestiones filosóficamente más relevantes que plantea concierte a la "realidad" del formalismo cuántico. A este asunto se dedica el capítulo 6.

Niels Bohr consideraba el vector de estado "psi" como una conveniencia, útil para calcular probabilidades. El estado cuántico o función de onda representa "nuestro conocimiento actual" del microsistema, pero es dudoso que el concepto mismo de realidad signifique algo en el nivel cuántico. La consideración del vector de estado "psi" como un mero artificio de cálculo, bueno para todos los propósitos prácticos pero irreal, resulta inasumible para Penrose -como lo fue para Einstein o Schrödinger. No tiene sentido utilizar el término "realidad" sólo para objetos que podemos percibir, tales como ciertos aparatos de medida, negando que el término pueda aplicarse a algún nivel subyacente más profundo. Que el mundo resulte extraño y poco familiar en el nivel cuántico no equivale a decir que sea irreal. ¿Cómo podrían construirse objetos reales con elementos irreales o imaginarios? Las leyes matemáticas que gobiernan el mundo cuántico son tan precisas como las que controlan los comportamientos de los fenómenos, a pesar de las imágenes borrosas que se conjuran mediante descripciones tales como "fluctuaciones cuánticas" y "principio de incertidumbre".

Una solución idealista más extrema que ésta -de rancio abolengo kantiano- del "como si" (los corpúsculos bajo ciertas condiciones se comportan como si fuesen ondas, las ondas como si fuesen corpúsculos) llega a afirmar que es la consciencia la que reduce el vector de estado a probabilidades clásicas, puesto que el estado físico de "psi" está unívocamente determinado por lo que afirma que debe ser el resultado de una medida que pudiera realizarse sobre él. La materia inanimada evolucionaría unitariamente mediante superposiciones lineales según la ecuación de Schrödinger, pero en cuanto una entidad consciente o viva se enmaraña físicamente con el estado, entonces interviene algo nuevo, y un proceso físico reductivo toma el mando realmente para reducir el estado a una de sus alternativas cuánticas. Penrose, que busca un nexo entre la consciencia y la medida cuántica, no se deja atraer sin embargo por esta posición idealista. Sería una imagen extravagante la de un universo físico real en la que los objetos físicos evolucionan en estructuras totalmente diferentes dependiendo de si están o no dentro de la visión, el oído, el tacto... de un sujeto consciente. Sería como decir que no hay clima en un planeta mientras esté deshabitado y no haya una criatura que lo determine percibiéndolo. Penrose opina que el problema de la medida cuántica debe ser resuelto en términos físicos y no mentalistas (o idealistas). Resolver el problema de la medida cuántica es un prerrequisito para una comprensión de la mente y no en absoluto el mismo problema. "¡El problema de la mente es un problema mucho más difícil que el problema de la medida!" (Pg. 351).

Una de las soluciones más populares, pero extraordinariamente económica y antitética a la de Bohr, es promulgar la realidad de todas las superposiciones cuánticas como parte de una realidad total en la que todas se conservan. Este es el punto de vista de los muchos-universos. No sólo habría muchos mundos posibles paralelos y objetivos, sino también muchas copias diferentes de cualquier observador humano. Cada copia percibiría un universo que es coherente con las propias percepciones del observador. Habría un universo para el gato vivo de Schrödinger y otro en el que el gato estaría muerto. Pero el punto de vista de los muchos-universos no proporciona explicación para la regla maravillosa y extraordinariamente precisa por la que los cuadrados de los módulos de los factores de peso complejos se transforman en probabilidades relativas.

El estado cuántico proporciona una imagen de la realidad elemental que hemos de tomar en serio, pero también hemos de tomar en serio los saltos y discontinuidades que posibilitan los sucesos físicamente perceptibles.

Física cuántica y consciencia

Existen firmes razones para sospechar que la modificación de la teoría cuántica que sería necesaria para explicar los hechos y resolver las paradojas debe involucrar los efectos de la gravedad.

Desde Einstein la gravedad ya no es una fuerza en absoluto, sino un tipo de curvatura del espacio-tiempo en el que deben alojarse todas las demás partículas y fuerzas. La gravedad tiene la capacidad única de "inclinar" los conos de luz dentro de los cuales es posible la comunicación (causalidad, interacción, influencias...) o, dicho en palabras más filosóficas, la gravedad distorsiona la causalidad. A parte de la gravedad, no se conoce ninguna otra realidad física que pueda inclinar los conos de luz. La gravedad puede ser el ingrediente no computacional oculto que buscamos para explicar el fenómeno real de la comprensión consciente.

Una de las objeciones a esta solución es que la escala de longitud que caracteriza a la gravedad cuántica es pequeñísima, de 10-33 cm. (escala de Planck), como veinte veces más pequeña incluso que una partícula nuclear, y se podría preguntar cómo algo tan minúsculo puede afectar los procedimientos de medida que afectan al dominio macroscópico. Penrose ofrece un elegante modelo matemático que explicaría por qué la gravedad afecta a los eventos de modo que reduce las superposiciones cuánticas, forzando a la Naturaleza a elegir entre una alternativa y otra. Podemos pensar el proceso de reducción como un estado cuántico inestable que decae, después de un tiempo de vida característico (dado, apróximadamente en promedio, por el inverso de la energía gravitatoria de separación), a un estado en el que la masa está en una localización o en la otra -que representan dos modos de desintegración posibles. Y considera que existen razones para esperar, sobre bases puramente físico-matemáticas y geométricas, que la no computabilidad de la consciencia pudiera ser una característica de este proceso de reducción inducido gravitacionalmente.

De este modo, la indeterminación cuántica (que permite la ocurrencia y no ocurrencia simultáneas) pudiera ser la que proporciona una ocasión para que la mente influya en el cerebro físico. Debemos buscar dónde está el punto de intersección entre los niveles cuántico y clásico. Fenómenos de coherencia cuántica como la superconductividad y la superfluidez podrían tener relevancia incluso para un objeto tan caliente como el cerebro humano cuando indagamos las bases materiales de la consciencia.

Penrose busca por debajo de las conexiones sinápticas, en el propio citoesqueleto de la neurona y, más concretamente, en los microtúbulos, que constan normalmente de 13 columnas de dímeros de tubulina, con dos conformaciones moleculares posibles. Los microtúbulos corren a lo largo de axones y dendritas y pueden ser muy largos (hasta longitudes de milímetros), pueden crecer y contraerse, según las circunstancias, y transportar moléculas neurotransmisoras; forman redes de comunicación y podrían funcionar como procesadores de información, pues parecen ser responsables de mantener la intensidad de la sinapsis y de organizar el crecimiento de nuestras terminaciones nerviosas, guiándolas hacia sus conexiones con otras células nerviosas. Los microtúbulos están realmente involucrados de modo significativo en el control de la extraordinaria plasticidad cerebral.

Si los dímeros de tubulina son las unidades computacionales básicas, entonces podemos imaginar la posibilidad de un poder de computación potencial en el cerebro que superaría enormemente el de la inteligencia artificial, pues existen cerca de 107 dímeros por neurona. Esto explicaría por qué las capacidades reales de una hormiga superan por mucho cualquier cosa que haya sido conseguida por los procedimientos estándar de la inteligencia artificial.

Pero Penrose afirma que la inteligencia humana está más allá de cualquier esquema computacional, por lo que debe de haber algo dentro de los microtúbulos que es diferente de la mera computación, algún fenómeno de coherencia cuántica a gran escala, acoplado de manera sutil al comportamiento macroscópico del cerebro. Quizá los propios tubos sirven para proporcionar el aislante efectivo que haría posible que el estado cuántico en el interior permanezca durante un tiempo apreciable sin enmarañarse con su entorno. Desde este punto de vista, el sentido del yo que dirige la consciencia resultaría de algo así como una condensación superconductiva o superfluida y ofrecería un tipo de holograma global cuántico, un estado posible de coherencia cuántica.

Existe una evidencia a favor de que la consciencia esté relacionada con la acción del citoesqueleto y, en particular, de los microtúbulos. El efecto de los anestésicos generales. Es un hecho notable que la anestesia general de la consciencia pueda ser inducida por un gran número de sustancias tan distintas que no tienen ninguna relación química entre sí, serían sus propiedades dipolares eléctricas las que afectarían al cerebro y no sus propiedades químicas comunes. Hay una firme posibilidad de que las proteínas relevantes sean los dímeros de tubulina en los microtúbulos neuronales. El citoesqueleto neural estaría directamente afectado por los anestésicos generales.

"Si las conexiones sinápticas específicas que definen el ordenador neural concreto en consideración están sometidas a cambio continuo, estando controlado dicho cambio por alguna acción no computacional, entonces sigue siendo posible que un modelo ampliado semejante pudiera simular realmente el comportamiento de un cerebro consciente"

La comprensión opera a una escala global, por lo que debe de haber algún fenómeno colectivo que concierne a la vez a números muy grandes de citoesqueletos. Los estados de consciencia deben extenderse de un microtúbulo al siguiente, de modo que la coherencia cuántica debe saltar la barrera sináptica entre neurona y neurona. El sistema de neuronas de tipo ordenador clásicamente interconectadas se vería continuamente influido por esta actividad citoesquelética, como manifestación de lo que conocemos como "libre albedrío". El papel de las neuronas, en la imagen que propone Penrose, se parece más bien al de un dispositivo amplificador. El nivel neuronal de descripción que proporciona la imagen actualmente vigente del cerebro y la mente es una mera sombra del nivel más profundo de acción citoesquelética, en el que debemos buscar las bases físicas de la mente. La nueva física que tendríamos que desarrollar para explicar el fenómeno de la consciencia debería combinar los principios de la teoría cuántica con los de la relatividad general de Einstein, es decir, debería asociarla con un fenómeno cuántico-gravitatorio.

La mayoría de los experimentos sobre la conducta intencional parecen llevarnos a pensar que, o bien la libertad es una ilusión, o un proceso demasiado lento, o de último instante. Pero en vista de la relación anómala que la consciencia mantiene con la noción física de tiempo, a Penrose le parece verosímil que no exista semejante "tiempo" claro y preciso en el que deba ocurrir un suceso consciente. Si la consciencia es un fenómeno que no puede entenderse en términos físicos sin un input esencial de la teoría cuántica, entonces es pensable que dichos fenómenos pongan en cuestión nuestra idea habitual de la causalidad, la localidad, la temporalidad... el mero hecho de que pudiera llegar a tener lugar algún acto o pensamiento, incluso si realmente no lo hace, puede afectar al comportamiento, pues uno debe ser muy precavido al llegar a conclusiones aparentemente lógicas respecto a la ordenación temporal de sucesos cuando están involucrados efectos cuánticos. La realidad cuántica ha sido descrita por dos vectores de estado, uno de los cuales ("vector bra") se propaga hacia atrás en el tiempo, desde el futuro al presente. ¿Por qué debe extrañarnos que la consciencia opere teleológicamente?

Conclusiones

Los ordenadores hacen algo muy diferente de lo que nosotros estamos haciendo cuando apelamos a nuestra consciencia. Cabría desde luego especular con la posibilidad de construir un ordenador cuántico y consciente, pero para construir un dispositivo semejante necesitaríamos primero encontrar la teoría física adecuada. Y para que los físicos sean capaces de acomodar algo tan extraño a nuestra imagen física actual, como lo es el fenómeno de la consciencia (fenómeno que no está restringido a los seres humanos, sino que se da en otros seres vivos, si no en todos aun en grados), debemos esperar un cambio profundo, que altere las mismas bases de nuestro punto de vista filosófico respecto a la naturaleza de la realidad. Lo que pasa en la consciencia y la inteligencia no tendrá ninguna probabilidad de ser comprendido adecuadamente hasta que tengamos un conocimiento mucho más profundo de la naturaleza misma de la materia, el tiempo, el espacio y las leyes que los gobiernan. También necesitaremos tener un conocimiento mucho mejor de la fisiología detallada de los cerebros, especialmente en los niveles minúsculos.

Además de la cualidad de comprensión, existen otras cualidades que siempre estarán ausentes en cualquier sistema completamente computacional, tales como son las cualidades estéticas y los juicios morales.

El libro de Penrose acaba con una interesante reflexión sobre los tres mundos popperianos: el mundo mental o de nuestras percepciones conscientes, que conocemos directamente; el mundo físico, o de los objetos externos; y el mundo platónico, de las formas matemáticas y los valores absolutos. A juicio de Penrose, la existencia del mundo platónico descansa claramente en la naturaleza profunda, intemporal y universal de los conceptos abstractos, y en el hecho de que sus leyes son independientes de quienes las descubren. Si bien los filósofos tienen a veces dificultades para explicar que dicho mundo ejerza una influencia sobre el mundo físico, para los matemáticos es una idea mucho más natural, pues es evidente que los modelos matemáticos ofrecen una explicación precisa y desvelan estructuras profundas de la misma realidad. Para Penrose (como para Platón) el mundo de las formas perfectas es primario -siendo su existencia casi una necesidad lógica- y los otros dos mundos son sus sombras.

Hay un aspecto paradójico en las correspondencias entre los tres mundos: cada uno de ellos parece "emerger" sólo de una minúscula parte del que le precede. El universo físico parece emerger de formas matemáticas complejas; el mental, de la evolución de la bioquímica; y el mundo de los inteligibles, a partir de la más sofisticada y compleja de las actividades mentales. Penrose admite que tal vez sus prejuicios a favor de la primariedad del universo platónico-matemático sean equivocados. Tal vez existen aspectos del mundo físico que no pueden describirse en términos matemáticos precisos; quizá hay una vida mental que no está enraizada en estructuras físicas (tales como cerebros), o quizá existan verdades matemáticas que permanezcan, en principio, inaccesibles a la razón y la intuición humanas. Sin embargo, el argumento de Gödel no apoya esta última tesis, sino que por el contrario, lo que afirma es que las intuiciones humanas están más allá del argumento formal y más allá de los procedimientos computables, mientras que apuesta muy claramente a favor de la existencia del mundo matemático platónico. La verdad matemática no depende del modo de ser natural del hombre, ni está determinada arbitrariamente por reglas de "factura humana", sino que tiene una naturaleza absoluta. El apoyo para el punto de vista platónico fue precisamente una de las motivaciones iniciales de Gödel.

La propia materia es misteriosa, como lo es el espacio-tiempo, dentro de cuyo marco operan ahora las teorías físicas. No conocemos su naturaleza y las leyes que la gobiernan para poder explicar qué tipo de organización física hace posible que existan actos conscientes. Cuanto más examinamos la naturaleza de la materia, más esquiva, misteriosa y matemática parece ser. Además, nuestras nociones de realidad se han visto profundamente perturbadas por la mecánica cuántica. ¿Cómo es posible que la mera posibilidad contrafáctica de que suceda algo -que no sucede realmente- influya decisivamente en lo que sí ocurre? Cuando dispongamos de teorías más profundas el lugar de la mente no parecerá tan incongruente como lo parece hoy. "Sin duda no existen realmente tres mundos sino uno, cuya naturaleza verdadera ni siquiera vislumbramos en el presente".

 

José Biedma López
(
josebiedma@vianwe.com)
Vocal de la AAFi, codirector de ALFA
Úbeda, 2002

 

 

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